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domingo, 30 de agosto de 2015

El reloj perfecto

Buenos días querido lector:

EL RELOJ PERFECTO


Finalmente Diego lo puso en venta.
Ojalá no lo hubiese tenido que ponerlo.
Desalentado, siguió con el otro reloj que estaba arreglando.
Cristina  entró en la relojería, por más que entraba ahí diariamente no se cansaba de contemplarla:
Se respiraba a antigüedad y artesanía a pesar de que en los principales escaparates lucían modelos nuevos y modernos, pero el mostrador seguía siendo el que compró el padre de Diego  cuando era joven, en lo alto de las paredes aún se veían cucos que nunca se llegaron a vender; algunos sencillos y otros obras de arte hechos a mano por algún relojero con mucha paciencia y minuciosidad. No obstante los muñequitos de todos parecían observarla aunque no estuviesen a la vista. Curiosos y extravagantes péndulos se alienaban en el fondo, todos al mismo ritmo y exigentes con la hora. Por la puerta de una esquina se distinguía un pedazo de la mesa del trabajo, cubierto con diminutas rueditas, correas, cajitas, pequeñas herramientas… que delataban horas de trabajo nocturnas de manos hábiles y experimentadas…
Cristina suspiró pensando que ya poco trabajo tendrían los relojeros en cuanto a arreglar relojes, hoy en día se compraban y tiraban, punto. Y ya no hacía falta conocer el oficio para abrir una tienda, sólo poner las pilitas y labia para vender sobretodo.
Algo que le vendría bien a Diego opinó para sus adentros antes de que él saliera a atenderla.
-Hola, Cristina- saludó, pero sin mucho entusiasmo.
-He traído café- comentó ella, tendiéndole uno de los vasos de plástico que había comprado en una cafetería.
-Si hoy me tocaba a mí- replicó él, sacudiendo la bolsita de azúcar.
-Ya… pero como ya son las once pensé que a este paso sería el almuerzo en vez del desayuno- apuntó ella, destapando el suyo.
-Ayyyy… perdona, estaba distraído y no me di cuenta- se disculpó avergonzado de que le hubiese pasado otra vez.
-Tranquilo, como no tienes reloj te comprendo- ironizó Cristina, Diego se sonrojó.
-Déjame que lo que queda de semana sea yo el que invite- ofertó bajando la cabeza.
-¿Y esa cara?- le interrogó, percatándose de su tristeza.
-No es nada, lo de siempre… calabazas en el amor- mencionó por encima, sin levantar cabeza, como acostumbraba hacer para no contar detalladamente.
-Esta vez ha tenido que ser fuerte, lo has puesto en venta- se fijó al ver el reloj en el escaparate y con su etiqueta para el precio.
-Si… bueno, ya iba siendo hora- opinó tomándose el café de un trago, tiró el vaso en una papelera y cogió un paño y limpia cristales. –No te entretengo, puede entrar un cliente en tu papelería y…-.
-¿Pero es que nunca me contarás la historia de ese reloj?- resopló ella, -sabes de sobra que ahora mi hermana está en mi tienda cubriéndome- añadió.
Diego suspiró, quizá por una vez debería contar algo que no se resumiera en una frase.
-Todo empezó cuando tenía seis años… todo empezó con la llegada de ese reloj al poco de mi padre abrir la tienda- comenzó, evocando los recuerdos de cuando no era más que un crío.
-¿Y cómo llegó el reloj?- se interesó Cristina, animándole a seguir.
- Estaba yo jugando en la trastienda cuando me llamó la atención los alterados que de repente se pusieron mis padres, fui a ver y me encontré a una niñita de mi edad en lágrimas y suplicando que se lo comprasen. Al  principio mis padres se negaban, el valor de aquella pieza no la reunían ellos con todo el dinero de la caja, mercancía y ahorros… tenía muchísimo valor y mis padres acababan de abrir el negocio y aún no tenían mucho.
Aún veo perfectamente su carita desesperada y afirmando que no hacía falta que le diesen el valor real del reloj, yo veía que con muy poco se conformaría. Después de pensarlo mis padres decidieron darle lo que tenían en caja por aquella pieza y luego venderlo por su valor real, así sería una buena inversión. Yo no entendía como una niña con ropa que necesitaba remiendos tenía un “tesorito” como les pregunté a mis padres en su momento, podría haber sido robado.
Sin embargo mis padres sabían perfectamente que aquella chiquilla era hija de lo que en su día fue una gran comerciante, y a  aquel comerciante le había regalado su mujer un gran reloj por su cumpleaños. Ése sería su último regalo antes de fallecer la mujer. A partir de ahí el comerciante fue de mal en peor y acabó en la ruina y vendiéndolo todo, los vecinos comentaban que el amor que sentía por su esposa lo había cegado en los negocios…
Yo no lo sé… lo que sé perfectamente es como día tras día se pasaba la niña a ver el reloj, cuando lo distinguía en el escaparate, se ponía radiante de felicidad al comprobar que todavía ningún cliente se lo había llevado. Yo solía preguntarle que a qué debía esa felicidad y ella me respondía porque su madre aún no la había abandonado…
Me contaba a menudo en susurros (pues visitaba la tienda a escondidas, antes de ir al colegio) que se lo quitó al padre mientras dormía, que no le quedaba otra cosa por vender y que tenía hambre… su padre le alegaba a menudo que había traicionado a su madre entregándola por unos duros… así que la niña habitualmente murmuraba al reloj cuando no había nadie y le rogaba a su madre perdón pero que tenía que llevar comida a papá.
Frecuentemente oía a mis padres comentar con los vecinos que el viejo comerciante era ya sólo un huraño loco y que lo chiquilla ayudaba en la panadería después del colegio a cambio de pan para cenar, debido a que su padre no trabaja en sus últimos años y sólo vociferaba que dónde estaba el reloj, que se había obsesionado con él y pensaba que si lo recuperaba volvería su mujer… suerte que no salía de su casa.
Yo la miraba todas las mañanas desde la trastienda, soñoliento, con el pijama y mi madre diciéndome que llegaría tarde a clase. Sentía lástima por el infortunio de ella y la devoción que tenía por el reloj.
Un día me acerqué y le pregunté si ella pensaba al igual que el padre, me dijo que no, pero a veces me juraba que por un momento la veía. Supongo que era su deseo y su modo de superarlo… también me prometía a menudo de que si nadie se lo llevaba, cuando fuera grande lo compraría y se lo devolvería a su papá…a mí se me ponía el corazón en un puño.
 Mis padres maldecían el reloj porque nadie podía permitirse comprar semejante pieza, aunque ya lo habían rebajado en varias ocasiones, peores tiempos habían antes… una tarde entró un extranjero con traje, sombrero y bastón que a mí me pareció un gigante, se había interesado en el reloj, mis padres por poco no dieron saltas de alegría aunque yo me entristecí porque si el reloj desaparecía sabría que ella lloraría y la perdería, era mi única amiga… así que mientras ellos hacían el negocio yo escondí el reloj… imagínate, mis padres no sospecharon de mí y creyeron que en lo que ellos hablaban con el extranjero se lo habían robado, incluso acusaron al extranjero de cómplice…
Si volviese atrás no lo habría hecho.
A partir de entonces lo tuve yo y se lo enseñaba a ella a escondidas, quise dárselo pero lo rechazó y juró que lo compraría por el precio que habían puesto mis padres… fuimos creciendo y nos convertimos en adolescentes y novios.
Entonces a su padre le llegó la hora y con su muerte ella se tendría que marchar, nos queríamos mucho y juramos amor eterno, yo quedé en quedarme en esta tienda y esperarla, ella en regresar un día, comprar el reloj y casarnos…
No te voy a decir que esperé diez años… o quizá si, mis padres  murieron y la tienda pasó a ser mía, con que saqué el reloj pero sin ponerlo en venta. Me he dicho mil veces que aquello fue una chiquillada y que no volvería para así sentirme bien cuando salía con alguna chica, no obstante…
Ninguna, no creo que hayan sido ellas… sino yo, no puedo evitar compararlas y tengo la sensación de que ninguna es tan buena como mi primer amor y que no siento  lo que experimenté la primera vez y que me llenó tanto… tanto he buscado rellenar el vacío tan grande que cada vez se ha hecho mayor el agujero dentro de mí.
Ya me empezaba a convencer que estaba condenado a estar solo para el resto de mi vida cuando llegó de improviso…Miriam.
Miriam, lo pronuncié con tanto júbilo la primera vez que la volví a ver y con tanto desaliento para dejarla… ya me duele decir su nombre, como si fuera una daga que se me clava cada vez lo digo.
Parecía el cuento de hadas, volvió y enseguida hablamos de boda, estar juntos para siempre… compró el reloj….
Pero lo devolvió cuando reconoció que en sí ya no lo necesitaba, que había superado lo de su madre desde hace mucho tiempo y que en realidad lo hizo porque lo prometió… yo no era al que recordaba ni yo vi en ella de la que me había enamorado. Al principio no lo quisimos reconocer y lo intentamos contra viento y marea… pero al final afrontamos la realidad de que aquellos adolescentes estaban muertos y los adultos no nos llamaban.
Ella si había esperado con anhelo y sin olvidarme un solo día… hasta el punto que me idealizó, eso me reveló y yo me sentí fatal por intentar salir con otras y lloriquear aludiendo gran amor.
Supongo que va siendo hora de madurar y de olvidar cuentos de hadas- terminó, jugueteando con el trapo limpio de no haber limpiado nada, ni su corazón.
-Creía que sólo tenía la manía de no encontrar ningún reloj perfecto para mí, por eso no he llevado ninguno, pero creo que también he buscado la chica perfecta y al final no hay ninguna… será que soy demasiado exigente o qué se yo- añadió antes de desaparecer por la trastienda.

Aquel era el momento o nunca.
-Yo al revés, siempre me han parecido todos los chicos que me han gustado perfectos pero que yo no lo merezco, así que  siempre me he callado o he huido de un posible amor, limitándome a contemplarlo-.
Diego se volvió, Cristina no acostumbraba a hablar de sí.
-Ya sé que para ti sólo soy la chica de los cafés y una amiga y nada más y que llevo años delante de ti pero nunca me has visto… a mí tu me gustas, no espera… debe ser que te quiero porque hasta ahora me he conformado con eso, sin embargo quiero más, no me es suficiente, no soy perfecta ni nunca he procurado llamar tu atención pero si yo…-.
-¿Si tú?- quiso saber, mirándome por primera vez fijamente.
-¿Si yo te comprara un reloj te lo pondrías?- pregunté.
Afirmó con la cabeza.
Cristina miró su cartera, no había mucho dinero, la papelería no daba para lujos, así que se paseó delante de los escaparates y escogió uno modesto y discreto, nada que ver con el reloj que en su día trajo Miriam.
Cristina le dio el dinero, él sacó el reloj y se lo puso directamente en la muñeca.
Lo observó detenidamente como a los demás antes de verles algo que no le gustase para él. Había mirado con desdén este antes.
Ahora no consiguió verle nada malo.
El reloj perfecto.
No habían sido los relojes ni las chicas.
Sino él.
No se hallaba a sí mismo.
Ella lo había encontrado en un momento y él llevaba años de búsqueda infructuosa.
-Soy yo el que no te merezco- concluyó antes de darle un beso.
En ese momento entró un cliente preguntando si el magnífico reloj del escaparate estaba en venta.

Diego afirmó entregando con él su vida pasada y quedándose el nuevo con una nueva vida.

Atentamente,

Elena Rojas

viernes, 28 de agosto de 2015

UNA GATA PERRUNA, UNA PERRA GATUNA Y OTRA NORMAL



Buenos días querido lector:


Vamos con otro relato para encarar el viernes con buen humor y tierna compañía. Por todos esos maravillosos animalitos que nos hacen compañía y reír a diario.


Una gata perruna, una perra gatuna y otra normal

Veía, veía, pero no entendía
¿Cómo lo iba a entender?
Aunque sólo tuviese seis meses de vida aquello no le cuadraba.
Mai miraba de un lado para otro como si de un partido de tenis se tratase. Desconcertada.
La perrita garafiano no sabía si acertaría más jugando con la otra perrita o con la gata.
¡Es que estaban intercambiadas!
La gata, aquella cosita menudita de tres kilos era infatigable. No había parado de saltar, subirse a todos lados, jugar con todo y, muy en especial, con las pelotas.
¡Todas!
La grande, la mediana y la pequeña. Con la pesada y la saltarina, con la que estaba colgando y la de colorines.
Pero la perra dormía a pata suelta, las cuatro para ser exactos. Roncaba de pura felicidad y, de vez en cuando, tragaba saliva y se recolocaba las barbas. Haciendo caso omiso de todo.
La gata quería jugar, jugar y jugar. Con los humanos, con la perrita dormilona y con ella (recién llegada hace unas horas). Sin que se le erizara el rabo.
Pero la perrita seguía durmiendo, ignorando a la gata y a la recién llegada (salvo cuando los humanos fueron a acariciarla y ahí si levantó para meter la cabeza a conciencia y que todos los halagos le tocaran a ella).
¡Pero aún había más!
A la hora de la comida la gata se había comido gustosa el plato de pollo con caldo ¡privada! Haciéndole asco al pescado, remilgada. Pero la perra se había comido las sardinas ¡más bien tragado sin masticar ni nada! Y persiguió a la humana para que le diera otra lata entera de sardinas para ella solita.
La perrita garafiano se rascó fuertemente la oreja con su pata trasera mientras seguía mirando a la perra yorkshire enrazada con teckel, por el lomo negra y sus patabas y barriga blanca. Si, tenía una hermosa tripita y el pelo lustroso y brillante. Así que no imaginó que venía del mismo feo y tristón lugar que ella misma.
La gata era pequeñita, pero tenía el pelo también brillante y otra barriguita. Tampoco se imaginó que venía de una finca con muchísimos gatos y el crecimiento se le había parado en los primeros meses por no comer lo suficiente.
Mai le pareció que iba a tener dos compañeras y no sabía muy bien si se iba a acostumbrar a sus rarezas. Pero al acordarse de donde vino movió el rabito y le pareció que aquella casa grande y acogedora con humanos que la acariciaban y un montón de comida por todos lados le podía gustar mucho más.
En el otro sitio estaba en una jaula con dos perros machos más muy pesados. Tierra y charcos. A ambos lados había más jaulas con muchos más perros de todas clases y tamaños. Todos ladraban. A todas horas. Con que dormir era imposible.
Habían humanos fijos allí que les ponían comida y mojaban a diario las jaulas (no sabía para qué, porque ella bebía agua del bebedero y no del suelo). Luego venían también otros humanos semanalmente, pero sacaban a paseo algunos perros y a ella le tocaba menos de lo que le gustaría.
¡Se hacía tan corto el paseo y encima había luego que volver! Ella prefería que se la llevasen con ellos para siempre. Prometía ser buena y dar muchos lametazos, coger la pelota y echarse al pie de ellos; y mordería solo de vez en cuando algún mueble. Además, sólo se subiría a la cama si ellos durmiesen y, antes que se despertaran, se quitaría y no se enterarían.
Pero no, la devolvían y luego veía pasar delante de ellos más humanos que la miraban a ella…y a los otros ¡para llevarse otro más escandalosos y desinquietos! ¡Y machos!
Si luego lo mearían todo…estos humanos no sabían.
Mai dejó sus cavilaciones, la acababan de meter en la bañera y olía a agua y jabón.
¡Porras!

¡¡Si lo que apesta en la casa es el gato y su caja de arena!!

Atentamente,

Elena Rojas

martes, 25 de agosto de 2015

Homenaje al aburrimiento



Buenos días querido lector:


He aquí un homenaje y un guiño a todos aquellos que hacen acopio de fuerza moral y buen humor para ganarle la batalla al aburrimiento y la monotonía que puede llegar a desquiciar y frustrar en aquellos oficios que, por las circunstancias, sólo te queda cumplir y dejar pasar el tiempo cuan lento es en esos momentos exasperantes.
Si, en esos ratos donde ya has contado todas las baldosas del suelo, leído tres libros en una semana, dado incontables vueltas alrededor de un patio o una sala desierta cuando ya el sol cae. Descubrir a compañeros aprendiendo inglés mientras, con la radio pegada a la oreja o hablando para sí mismos.


Las 9:15.
Bostezo.
La guagua viene retrasada dos minutos.
Bostezo.
Hoy el hombre del maletín y suéter a rayas no encontró la plaza para aparcar donde le gusta. Aparcó su coche Volvo más a la izquierda.
Rasco de la oreja derecha.
Hoy las flores de la plaza se empiezan a estropear.
Se recoloca el cinto y el llavero.
Ahí llega la guagua retrasada.
El llavero es la pistola, pero cuelga igual de inofensiva que un llavero. Salvo que las llaves se usan a diario y la pistola nunca.
Allá va el dueño de la tienda que va a abrir, tan gruñón como siempre. Hoy lleva la camisa de los lunes.
Rasco de la oreja izquierda.
Tres…dos…uno.
El avión si es más puntual.
Las 9:17.
Aún queda media hora para el relevo y cambio.
¡Y menos mal que no son las ocho horas seguidas viendo el mismo cuadro de paisaje!
¡Menos mal que para aburrirse menos se va rotando de puertas!
Estiramiento de la pierna izquierda.
Y no poder apoyarse en la puerta, contra. Aquí recto y derecho. Rostro neutro.
Ahí van las dos señoras para su desayuno matutino ¿Qué te apuestas que hoy toca croissant?
Estiramiento de la pierna derecha.
¡Sí! Compraron croissant ¡Lo sabía! Los días que llevan botas extrañamente les da hambre de croissant.
9:19.
Envía mensajito al compañero. Respuesta al mensajito.
“Aburrido”.
¡Ya se sabe! ¡Obvio! Lo de todos los días, aparte de eso, carajo.
“Aburrido”.
Se guarda el móvil ¿Para qué insistir? ¿Para qué preguntar al resto de compañeros? Le pondrían lo misma dichosa palabrita que tenían todos pegado a la boca.
A cincuenta metros se acerca el mozalbete.
¿A que saluda? ¿A que saludaaa?
Saludo del pobre chico, como todos los días. Ahí enfrente, con todo su respeto; imitándolos, admirándolos.
Miró muy sutilmente si había superiores caminando por la zona. Sin moros en la costa.
Respondió al saludo. Reprimiendo una sonrisa, casi cariñosa, casi entrañable.
Empezaba a lloviznar, pero seguro que llovería fuerte a la hora de la salida, sólo para fastidiar.
Pero faltaba algo.
Quizá vendría en la siguiente guagua.
Efectivamente.
Podía divisarla.
No la veía bien pero no había dudas.
Aquella figura con paso ligero, bolso marrón en el brazo izquierdo y gafitas negras de pasta.
Iba en su mundo y con prisas, despistada y mejor para ella. En cuanto cruzase y fuera al otro lado seguro que oiría los berridos de su compañero.
Y….
Ahí estaba.
Su compañero saludándola por el otro lado. A chillido limpio.
Que la joven era tímida pero no sorda, pero quizá su compañero no se lo había planteado. Y luego se preguntaban por qué le daría corte a ella saludarlos.
Normal….lo raro sería que no le diese un infarto.
Espera, espera, ahora vendría la pregunta estrella:
“¿Aburrida, mi niña?”
No, ella no. Ellos sí.
Demasiado educada como para que la joven les devolviera la pregunta, debía estar aburridita de que se la hicieran mientras abría la puerta.
En fin, parte de la rutina; solo un detalle de lo fatigoso y trepidante que era una jornada de guardia.
Bostezo.

Atentamente,

Elena Rojas


lunes, 24 de agosto de 2015

Aldeanos y brujos. El populacho de la Inquisición


Buenas dias querido lector:


Tras consultar con la almohada, vamos a invertir el orden, para no perder el hilo terminamos con esta sección y luego el relato.
Como ya hemos ido viendo y desgranando, sólo nos falta el último capítulo para terminar de conocer a los personajes históricos reales.
En este caso, miraremos a lo que se conocía por los inquisidores como “populacho”. Es decir, el pueblo llano. Un pueblo humilde y campesino en su mayoría, analfabeto y feligreses devotos.
Y en tiempos de Inquisición más les valía pagar el diezmo y cumplir los preceptos como buenos cristianos o corrían riesgo para su integridad física y la honra de la familia.
En esta época es cuando llegó a Zugarramurdi la noticia de la existencia de unos seres temibles llamados brujos (por nuestra querida María de Ximildegui) y, como hemos visto en el artículo anterior, se empezó a señalar a algunos vecinos del pueblo de que practicaban el arte de la brujería.
La primera acusada fue María de Jureteguía, a la cual apodé en la novela como “La Niña Buena” y como se le reconoce en el vídeo (esto es así dado que casi todas las mujeres se llamaban María y costaba distinguirlas dejando sólo sus nombres).
Claramente esta campesina entró en cólera y negó en un primer momento, pero fue tan arrolladora La Francesita y convenció a todo el pueblo que la muchacha se vio prácticamente obligada a confesar para salir lo mejor parada posible.
Así empezó una intricada maraña de acusaciones movidas por el terror y la manipulación entre el propio populacho y la Inquisición.
Se les acusó de ir a aquelarres celebrados en el propio pueblo, fabricar venenos, convertir a cristianos en brujos y enseñarles las artes maléficas, asesinatos de personas...
La lista es inmensa de acusados de brujería (cerca de seis mil nombres). Uno de estos nombres fue Catalina de Lizardi, la que será, en la novela, vital para la historia incluso antes de que comenzara.
De Zugarramurdi, los primeros acusados de brujería fueron:
-María Chipía.
-Miguel de Goiburu.
-Juanes de Goiburu.
-Graciana de Barrenechea.
-La familia Navarcorena.
-María de Yriarte.
-Estevanía de Yriarte.
-Juanes de Sansín.

-Juana de Telechea.

¿Te suena alguno de estos nombres?

Atentamente,

Elena Rojas

domingo, 23 de agosto de 2015

Próximamente.


Buenas tardes querido lector:


Aquí estamos sacando textos del horno, aún están calientes.

Mañana tenemos un simpático relato que os hará reír, y después tendremos el último artículo donde veremos a los últimos personajes que salían en el vídeo. Estará enfocado a ver quienes eran el resto de brujos y aldeanos, de que atrocidades se les acusó y como empezó la maraña de acusaciones sin fin para el "populacho".

Atentamente,

Elena Rojas

La Francesita. El comienzo.



Buenos días querido lector:

He aquí el origen del todo, si, las brujas de Zugarramurdi marcaron el más negro capítulo de la historia de las brujas en el norte de España, implicando hasta el mismo Inquisidor General, o incluso el rey. Pero para entonces la historia estaba muy empezada.

¿pero cómo comenzó si ni siquiera se conocía la palabra "bruja" en aquellos pueblos?



Esta es la historia de la entrañable “La Francesita”. Su nombre real, María de Ximildegui.
Esta chiquilla tenía padres franceses que vivieron en Zugarramurdi hasta que la joven cumplió los dieciséis años, momento en que se trasladan a vivir a Ciboure; un pueblo costero francés situado a tres leguas.
María volvió a Zugarramurdi con veinte años para servir mientras sus padres se quedaron en Ciboure.
Pero vivir cuatro años en el pueblo francés le permitió familiarizarse con algo que era del todo desconocido en los reinos españoles:
¡Brujas!
En Francia estalló la gran persecución contra las brujas. En Ciboure y el pueblo colindante (San Juan de la Luz) hubo una impresionante cacería brujeril instigada por Pierre de Lancre. Tal era el miedo que se tenía a los brujos que la gente se resguardaba por la noche en la Iglesia con vela encendida en mano. Esta gente temía ser llevada al aquelarre.
La propia María de Ximildegui, empezó a pasar noches en casa de una amiga y, después, a acompañarla a divertidos bailes en la playa durante la noche. Cuando se dio cuenta, asistía a asambleas de brujos a la orilla del mar bajo presencia del Demonio (según su testimonio).
Así permaneció durante año y medio hasta la Cuaresma de 1608. En esas fechas la joven decidió volver al Cristianismo y acudió al párroco, el sacerdote Hendaya. Le comunicó al clérigo que tenía miedo de las represalias de las brujas y que durante siete semanas había caído gravemente enferma, a borde de la muerte, debido al dolor y las figuraciones del castigo que le esperaba.
Convencido el sacerdote, pidió al Obispo de Bayona permiso para la absolución de la moza, que fue concedido en julio del mismo año. Así que María fue absuelta y se le dio comunión.
Tras esta experiencia de la cual claramente no fue consciente de la suerte que tuvo de no ser sometida a tortura o quema en la hoguera. Al regresar a Zugarramurdi, empezó a comentar con el populacho sus aventuras y peripecias con las brujas.
Así que la gente empezó a conocer a las brujas y hablar de ellas.
A temerlas.
A ponerles cara de sus vecinos.
A acusarlas.
María de Ximildegui llegó más allá. Empezó a señalar vecinos suyos afirmando que habían participado con ella en aquelarres, fue tal su donaire y encanto, su convicción y viveza; sus detalles en los relatos. Que la creyeron y así fue el comienzo de la etapa brujeril en los reinos españoles que desencadenó una auténtica fiebre y terror, persecución y castigo sin freno ni control.
El Tribunal de Logroño tomó cartas en el asunto y, en vez de acabar con la plaga de brujas se multiplicó y destapó un sinfín de aquelarres;  tal fue el escándalo que llegó al Consejo de la Suprema, interviniendo el mismísimo Inquisidor General:
Bernardo Sandoval y Rojas, protector de Alonso de Salazar de Frías.



Atentamente,


Elena Rojas

 El abogado de las brujas

http://www.casadellibro.com/ebook-el-abogado-de-las-brujasel-inquisidor-ebook/9788460694656/2580161

sábado, 22 de agosto de 2015

Lo que vendrá después. La Francesita. Francia y España.


Buenas tardes querido lector:


Espero que gustara el artículo de esta mañana. Mañana continuaremos comentando, especialmente (como dije) del personaje de "La Francesita", tan clave y especial como ella misma.

Su biografía de esta humilde campesina que se recoge por los documentos inquisitoriales y entrevemos una parte clave y fundamental de la historia que une Francia con España y transporta el miedo y terror.


Y, para el lunes, nos espera un simpático relato que os hará sonreir para empezar los lunes con buena gana.

Atentamente,

Elena Rojas