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viernes, 18 de septiembre de 2015

Los martillos de brujas: los ases de la Inquisición


Buenos días lector:


Los martillos de brujas: los ases de la Inquisición

Es una expresión que habremos oído todos alguna vez: “El martillo”, cuando se está hablando de temas de brujería e Inquisición. Sin embargo ¿qué significa esta palabra cuando no se refiere a la herramienta física?
La institución inquisitorial funcionaba en toda Europa para perseguir la herejía, por tanto, necesitaba procedimientos “estándar” para saber cómo actuar cuando se encontraban herejes de brujería. En otras palabras, instrucciones precisas que debían seguir minuciosamente todo inquisidor durante todo el proceso: desde que se cogía al hereje, se interrogaba, se juzgaba y se aplicaba la sentencia final.
De esta necesidad nace el libro literario considerado como “el más funesto de la historia”. Un libro oficial donde indicaban todos los protocolos necesarios a seguir.
El primer libro “martillo” fue escrito por dos inquisidores dominicos: Enrique Institoris y Jacob Sprenger; a raíz de la “Bula bruja” del Papa Inocencio VIII donde exclamaba que había que corregir antiguos errores cometidos en los casos de brujería.
La obra es consideraba hoy en día como una de la más aterradoras de la historia. Sin embargo, en aquella época gozaba de gran prestigio y admiración por parte de países como Francia y Alemania. España, curiosamente, la consideró obra de un loco.
En la obra se atacaba directamente a la mujer a pesar de que se admitía la existencia de brujos y brujas. Constaba de tres partes:
La primera aclaraba la existencia de brujos desde la teología.
La segunda aborda la existencia de tres tipos de maleficencia y como los jueces debían proceder para que no le surgieran efectos los hechizos.
La tercera es la más impactante, pues aclara todo tipo de torturas que ha de practicarse para obtener la confesión de brujo. Y lo que era peor aún, se admitía todo tipo de acusación de terceros hacía otras personas (así viniese de delincuentes y asesinos). Además, se indica que los juicios deben ser rápidos para que el reo no tenga oportunidad de recurrir a la sentencia
Este libro sólo sería el primero de una serie de “Libros Martillos”, franceses y protestantes, conocidos también como “Malleus”. De los franceses clarisamente nos viene el nombre de Pierre Lancre, nombrado en el artículo de la Francesita, quién vivió en estos momentos convulsos de pleno auge de persecución a la bruja.
No es de extrañar que tras la difusión de los libros martillos salieran a la luz los aquelarres, pues las acusaciones de la gente hacían referencia justamente a lo que se mencionaba en estos libros.

De modo que, cuanto más se hablaba de brujerías, más brujos se encontraban.

Atentamente,

Elena Rojas

lunes, 24 de agosto de 2015

Aldeanos y brujos. El populacho de la Inquisición


Buenas dias querido lector:


Tras consultar con la almohada, vamos a invertir el orden, para no perder el hilo terminamos con esta sección y luego el relato.
Como ya hemos ido viendo y desgranando, sólo nos falta el último capítulo para terminar de conocer a los personajes históricos reales.
En este caso, miraremos a lo que se conocía por los inquisidores como “populacho”. Es decir, el pueblo llano. Un pueblo humilde y campesino en su mayoría, analfabeto y feligreses devotos.
Y en tiempos de Inquisición más les valía pagar el diezmo y cumplir los preceptos como buenos cristianos o corrían riesgo para su integridad física y la honra de la familia.
En esta época es cuando llegó a Zugarramurdi la noticia de la existencia de unos seres temibles llamados brujos (por nuestra querida María de Ximildegui) y, como hemos visto en el artículo anterior, se empezó a señalar a algunos vecinos del pueblo de que practicaban el arte de la brujería.
La primera acusada fue María de Jureteguía, a la cual apodé en la novela como “La Niña Buena” y como se le reconoce en el vídeo (esto es así dado que casi todas las mujeres se llamaban María y costaba distinguirlas dejando sólo sus nombres).
Claramente esta campesina entró en cólera y negó en un primer momento, pero fue tan arrolladora La Francesita y convenció a todo el pueblo que la muchacha se vio prácticamente obligada a confesar para salir lo mejor parada posible.
Así empezó una intricada maraña de acusaciones movidas por el terror y la manipulación entre el propio populacho y la Inquisición.
Se les acusó de ir a aquelarres celebrados en el propio pueblo, fabricar venenos, convertir a cristianos en brujos y enseñarles las artes maléficas, asesinatos de personas...
La lista es inmensa de acusados de brujería (cerca de seis mil nombres). Uno de estos nombres fue Catalina de Lizardi, la que será, en la novela, vital para la historia incluso antes de que comenzara.
De Zugarramurdi, los primeros acusados de brujería fueron:
-María Chipía.
-Miguel de Goiburu.
-Juanes de Goiburu.
-Graciana de Barrenechea.
-La familia Navarcorena.
-María de Yriarte.
-Estevanía de Yriarte.
-Juanes de Sansín.

-Juana de Telechea.

¿Te suena alguno de estos nombres?

Atentamente,

Elena Rojas

domingo, 23 de agosto de 2015

La Francesita. El comienzo.



Buenos días querido lector:

He aquí el origen del todo, si, las brujas de Zugarramurdi marcaron el más negro capítulo de la historia de las brujas en el norte de España, implicando hasta el mismo Inquisidor General, o incluso el rey. Pero para entonces la historia estaba muy empezada.

¿pero cómo comenzó si ni siquiera se conocía la palabra "bruja" en aquellos pueblos?



Esta es la historia de la entrañable “La Francesita”. Su nombre real, María de Ximildegui.
Esta chiquilla tenía padres franceses que vivieron en Zugarramurdi hasta que la joven cumplió los dieciséis años, momento en que se trasladan a vivir a Ciboure; un pueblo costero francés situado a tres leguas.
María volvió a Zugarramurdi con veinte años para servir mientras sus padres se quedaron en Ciboure.
Pero vivir cuatro años en el pueblo francés le permitió familiarizarse con algo que era del todo desconocido en los reinos españoles:
¡Brujas!
En Francia estalló la gran persecución contra las brujas. En Ciboure y el pueblo colindante (San Juan de la Luz) hubo una impresionante cacería brujeril instigada por Pierre de Lancre. Tal era el miedo que se tenía a los brujos que la gente se resguardaba por la noche en la Iglesia con vela encendida en mano. Esta gente temía ser llevada al aquelarre.
La propia María de Ximildegui, empezó a pasar noches en casa de una amiga y, después, a acompañarla a divertidos bailes en la playa durante la noche. Cuando se dio cuenta, asistía a asambleas de brujos a la orilla del mar bajo presencia del Demonio (según su testimonio).
Así permaneció durante año y medio hasta la Cuaresma de 1608. En esas fechas la joven decidió volver al Cristianismo y acudió al párroco, el sacerdote Hendaya. Le comunicó al clérigo que tenía miedo de las represalias de las brujas y que durante siete semanas había caído gravemente enferma, a borde de la muerte, debido al dolor y las figuraciones del castigo que le esperaba.
Convencido el sacerdote, pidió al Obispo de Bayona permiso para la absolución de la moza, que fue concedido en julio del mismo año. Así que María fue absuelta y se le dio comunión.
Tras esta experiencia de la cual claramente no fue consciente de la suerte que tuvo de no ser sometida a tortura o quema en la hoguera. Al regresar a Zugarramurdi, empezó a comentar con el populacho sus aventuras y peripecias con las brujas.
Así que la gente empezó a conocer a las brujas y hablar de ellas.
A temerlas.
A ponerles cara de sus vecinos.
A acusarlas.
María de Ximildegui llegó más allá. Empezó a señalar vecinos suyos afirmando que habían participado con ella en aquelarres, fue tal su donaire y encanto, su convicción y viveza; sus detalles en los relatos. Que la creyeron y así fue el comienzo de la etapa brujeril en los reinos españoles que desencadenó una auténtica fiebre y terror, persecución y castigo sin freno ni control.
El Tribunal de Logroño tomó cartas en el asunto y, en vez de acabar con la plaga de brujas se multiplicó y destapó un sinfín de aquelarres;  tal fue el escándalo que llegó al Consejo de la Suprema, interviniendo el mismísimo Inquisidor General:
Bernardo Sandoval y Rojas, protector de Alonso de Salazar de Frías.



Atentamente,


Elena Rojas

 El abogado de las brujas

http://www.casadellibro.com/ebook-el-abogado-de-las-brujasel-inquisidor-ebook/9788460694656/2580161

sábado, 22 de agosto de 2015

Tribunal de Logroño. Poco antes de las brujas

Buenos días querido lector:


Como prometí, hablar un poco más de los personajes que salían en los vídeos y despistaban. Al igual que Alonso Salazar de Frías, son todos personajes reales que existieron y participaron en el caso de las brujas de Zugarramurdi.

Miremos ahora a los compañeros de “El abogado de las brujas”. Sus compañeros inquisidores, el fiscal y el secretario. Estos eran:

Alonso de Becerra Holguín: monje de cuarenta ocho años perteneciente a la orden de Alcántara. Fue admitido en dicha orden en la ciudad que lo vio nacer (Cáceres). No obstante, vivió principalmente en Alcántara y Salamanca. Su labor como inquisidor comenzó a sus cuarenta años y, exactamente el 26 de marzo de 1601, entró en el Tribunal de Logroño.

Juan de Valle  Alvarado: clérigo de cincuenta y cinco años cuando entró en el tribunal de Logroño y congenió enseguida con su colega Becerra (lo cual entonces no es de extrañar que discutieran con Salazar). Procedente de Santander, fue párroco y comisario inquisitorial. Tras esto fue secretario del obispo de Burgos durante muchos años y luego del de Valladolid (Juan Bautista de Acevedo); cuando éste ascendió a Inquisidor General en 1603, Valle le acompañó como secretario de cámara y, a la muerte de éste en 1608, se convirtió en el flamante inquisidor justo a tiempo para las brujas de Zugarramurdi.

En cuanto al fiscal, Isidoro de San Vicente, ocupó la plaza vacante que había dejado Juan Laso de la Vega. A sus veintinueve años,  se incorporó en septiembre de 1608 al tribunal. Congenió con sus dos superiores también enseguida.

Por último, el secretario Luis de Huertas y Rojas también tenía veintinueve años cuando llegó a Logroño.
De modo que, si os dais cuenta, el caso de las brujas de Zugarramurdi tuvo la extraña casualidades que se encontró en el Tribunal de Logroño a un equipo recién llegado de todas partes y que no llevaban demasiado tiempo allí. De hecho, el último en incorporarse sería Salazar el 20 de junio de 1609 (con cuarenta cinco años) ya fraguándose la impresionante historia. Rápidamente chocó con sus otros dos colegas por tener un pensamiento adelantado a su época.


¿Cómo sabemos esto? Sus continuas disputas quedaron patentes en los documentos. Al tener los tres inquisidores el mismo rango debían ponerse de acuerdo antes de actuar y sus votos debían ser unánimes. Como no lograban ponerse de acuerdo tenían que enviar continuos requerimientos a la Suprema para poder solventar las desavenencias.



Atentamente,

Elena Rojas

jueves, 13 de agosto de 2015

Prólogo: El abogado de las brujas

Buenas tardes querido lector:


He aquí el prólogo:

1588, Singüenza.
Ellos se cerraban, él los abría. Pero sus ojos se volvían a cerrar, somnolientos, al compás de sus bostezos.
Ellas aflojaban las bridas, él las apretaba. Pero las adormecidas manos, las volvían a soltar.
Salazar abrió los ojos de nuevo y agarró con fuerza las riendas.
¡Dichoso sueño! ¡Ni que fuera de noche!
El recién licenciado de Derecho Canónico miró atrás, a los lados y en frente, pero no veía el solitario camino por el que andaba, pues estaba oscuro.
Era de noche.
El sol se había despedido de él mientras dormitaba. Miró al firmamento, ahora sólo había estrellas intensas, como perlas radiantes, en océanos de azul marino y la hermana pequeña del sol: la luna.
Suspiró, resignado.
Detuvo a su fiel y dócil yegua. Se apartó del camino y ató a un sauce al animal. La acarició dulcemente y cogió una pequeña manta para dormir unas horas, las imprescindibles. Pensaba ponerse en marcha con el primer tímido rayo del sol.
Se acurrucó al viejo tronco y cerró los ojos.
Apacible noche.
Ese fue su último pensamiento antes de quedarse profundamente dormido.
Un repentino remolino, un violento viento le arrancó despiadadamente la manta.
Contrariado, se levantó y recuperó la manta. Miró al cielo, seguía despejado.
No entendía de donde había salido aquella ráfaga de viento. Se volvió a acurrucar y echó un vistazo a la yegua, que resoplaba intranquila.
Observaba algo fijamente en la copa del sauce.
Salazar levantó la cabeza y atisbó un cuervo en una rama.
¿Pero de dónde había salido si no estaba? ¿Vino con el remolino de viento?
Bah, tonterías…
Salazar se dio la vuelta apartando cualquier pensamiento estúpido de su mente y cerró los ojos, cansado.
Un graznido.
Se tapó la cabeza con la manta.
Otro graznido.
Y otro, y otro más. Aquel pájaro mal agüero no se callaba.
Irritado, Salazar se levantó para espantarlo. Gritó e hizo aspavientos para asustarlo.
Pero ahí estaba el cuervo, tan tranquilo, de hecho parecía mirarlo con burla, con unos ojos astutos. Voló y se posó en una rama más cercana, como si quiera escudriñarlo mejor con aquellos ojos saltones y sarcásticos.
-Ahora verás-musitó Salazar, cogiendo una piedra del suelo y lanzándola contra el ave.
¡Zas! Pasó muy cerca…pero el cuervo ni se inmutó.
Salazar se quedó pasmado, aquello no era normal. El cuervo le siguió escudriñando con sus ojos astutos, era como si le mirase otro humano.
-Está bien, compartiremos el árbol- se rindió. No iba a dejarse asustar por el ave. Él no creía en absurdas supersticiones pueblerinas. Él sólo creía en Dios.
Cogió la manta y se volvió a acomodar en el tronco del sauce. La verdad es que esperaba oír de nuevo los molestos graznidos.
Pero no, sólo el silencio llenaba sus oídos. Feliz, se dispuso a dormir.
Sin embargo, empezó a removerse debajo de la manta, intranquilo. El sueño y el cansancio le abandonaron de golpe, se puso muy nervioso y no entendía por qué. En vano trató de relajarse respirando hondo. Tenía una sensación extraña, como si una vieja malhumorada lo azuzara con un bastón. Intentó desquitarse de la cabeza esa estúpida idea.
Pero era imposible.
Se quitó la manta de un manotazo, levantándose de un salto y dispuesto a coger a la yegua para alejarse de aquel lugar siniestro.
-¡Esto es el colmo!- farfulló iracundo, al ver la escena.
El cuervo estaba en la grupa. Yegua y cuervo se miraban el uno al otro fijamente, como si se hablaran a través de los ojos.
-¡Fuera, bichejo!-gritó, acercándose muy enfurecido.
Una vez más, el cuervo ni se inmutó. Estupefacto, Salazar se quedó enfrente de la grupa, muy cerca del ave y mirándolo fijamente. El cuervo le sostuvo la mirada con sus ojos astutos.
Salazar necesitó dar un manotazo para que saliera volando.
Para no reconocer que tenía miedo de aquella insólita situación, se limitó a resoplar enfadado mientras desataba a la yegua del árbol y la montaba para alejarse de allí.
La yegua ni se movió.
-Vamos, por el camino- azuzó extrañado, nunca le había desobedecido, pero la hembra se dio media vuelta y empezó a caminar por el bosque, en dirección al río Henares. -¡Por ahí no!-, de nada le sirvió tirar con todas sus fuerzas para que volviera por la senda. -¿Pero qué te pasa, testaruda?-, intentó pararla para poder bajarse, pero la yegua seguía sin hacerle ningún caso.
Salazar alzó las manos y miró al cielo para implorarle a Dios que le ayudara en esa noche tan torcida.
Se quedó con los brazos levantados, pasmado.
Ahí estaba.
El cuervo.
-¡Está siguiendo al maldito pájaro!-, tiró de las riendas con todas sus fuerzas y espoleó fuertemente con los talones. No iba a permitir que un cuervo ahora le dictase el camino.
Pero el cuervo se alejó rápido y la yegua le siguió al galope.
A Salazar no le quedó otra que agarrarse para no caerse y ponerse a rezar para que acabara aquella locura insensata.
Hoguera rodeada.
Gritos aterrados y amenazadores.
El Río Henares, testigo silencioso e impasible.
-¿Qué ocurre aquí?- preguntó Salazar, con tesón.
Los gitanos pararon de gritar y moverse en círculos alrededor de la fogata y una mujer agachada, que gimoteaba.
Cualquiera hubiese dado media vuelta para no buscarse problemas. Pero Salazar no era cualquiera.
-Sigue tu camino, extraño, esto es asunto gitano-espetó un hombre alto y corpulento, con mirada avinagrada.
-Mm… ¿Por qué no soy gitano? ¿Lo es la mujer a la que asustáis?-interrogó Salazar, perspicaz.
-No- reconoció el mismo hombre, escupiendo la mezcla de hierbas que mascaba. -Pero es bruja- añadió, -así que no os acerquéis si no queréis resultar herido-advirtió mientras le daba la espalda.
-Ahh…claro-asintió con ironía, -Dios me protege, soy sacerdote, con que no me pasará nada si me acerco-declaró duramente.
Bueno, para ser exactos…
Lo iba a ser muy pronto, por eso se había puesto en camino, para tomar los hábitos y ponerse al servicio del obispo de Jaén. El Señor le perdonaría la mentira por una buena causa. Él no creía en brujas ni otras habladurías, achacaba la creencia de esas fábulas a la ignorancia de la gente.
El hombre, que parecía el jefe del clan se volvió de nuevo, para escudriñar con sus ojos de vinagre al futuro clérigo.
-Es más, de ser así, me concierne-agregó, abriéndose paso con la yegua al centro, donde estaba la mujer agazapada, muy cerca del fuego.
No era una mujer encogida en el suelo por miedo.
Era una niña de pie, paralizada del terror.
-¡Pero si la cría no debe de tener más de seis o siete años!-exclamó indignado, -¡qué va a ser bruja!-negó, bajando de la yegua y acercándose a la niña.
-¡No os aproximéis, el diablo está cerca de ella!-bramó una mujer de voz ronca.
Salazar se detuvo y observó a la anciana con la cara oculta por las greñas grisáceas y una nariz descomunal. Estaba recubierta toda su piel agrietada por harapos de lo que antaño fue de colores chillones y unas pulseras con herrumbre.
Salvo sus manos, asomaban con dedos enroscados y uñas largas, retorcidas y amarillentas. Enseñaba tres cartas.
El diablo, un hombre colgado al revés y otro hombre abriéndole la boca a un león.
Cartas del tarot.
Aquella mujer sí que parecía bruja.
-¿Adivina? Esas cartas endiabladas no son obra de Dios, así que o se deshace de ellas y dejan tranquila a la moza o me veré obligado a…tomar cartas en el asunto-concluyó.
-¿Amenazas a mi abuela con denunciarla a la Inquisición? ¿Aquí? ¿Solo y de noche?-inquirió el gitano, agriándose la mirada aún más y sacando un cuchillo.
-No me parece justo que a una anciana que se entretiene con una ilógica baraja acabe torturada como a las brujas gallegas ¿sabes qué le hacen?-le preguntó Salazar impasible, – les deja caer sobre la cabeza un goteo de agua continuo, al cabo de un tiempo, el cráneo se ha perforado-siguió mientras cogía a la niña y la montaba a la grupa de la yegua. –Pero tampoco es justo que se haga daño a una niña por una tirada de cartas-concluyó, dispuesto a subirse él también.
-¡¡Quieto!!-chilló la anciana, zarandeando las tres cartas, -el colgado anuncia el poder profético; la fuerza que abre la boca del león, revela el poder de domesticar a las bestias; esos dones se los ha dado el diablo-bramó, señalando con su maltrecho dedo a la niña.
Haciendo caso omiso, Salazar hizo un conato de subirse a la montura.
-Alto, cura, no nos libraremos de la maldición hasta que nos deshagamos de la niña- el gitano amenazó con el cuchillo al cuello de Salazar.
-No son más que supersticiones-decretó, afilando la voz, manteniendo toda la calma posible. –Y una maldición si te caerá como me mates a mí, la justicia te mandará a la horca-prometió.
Todos estallaron en carcajadas. ¿Quién iba a saber qué fueron ellos? Si enterraban su cuerpo jamás nadie sabría qué le pudo ocurrir al cura.
La amenaza no había surtido efecto.
-La mala suerte pesa sobre esta familia, sólo se romperá este mal de ojo con la sangre de la mocosa- aseguró el gitano.  -Curó a un ruiseñor que tenías las alas rotas de sólo tocarlo, y estaba hechizado por ella, pues cantaba de día y no de noche. Cuando le echamos los perros hambrientos, éstos sólo se dedicaron a darle lametones y se nos echaron encima a nosotros- bramó, apretando el cuchillo contra el cuello de Salazar, mientras le mostraba el otro brazo lleno de mordeduras.
-Miró a mi hermano y le dijo que moriría- agregó otro gitano, con la cara sucia y cuerpo esquelético, -¡y murió! Ella le echó un sortilegio-acusó.
-Mis pequeños se extraviaron y se cayeron sobre un pozo, la niña sabía dónde estaban ¡sólo lo podía saber porque los tiró por maldad!-sentenció una mujer de voz chillona con dos niños pegados a sus faldas.
-Además, hemos perdido nuestros dineros, pasado hambre y el mal tiempo nos sorprende de pronto ¡nos lanza conjuros!- añadió otra gitana, exaltada.
-Eso son coincidencias que achacáis a mala suerte-negó Salazar.
-Siempre la Iglesia nos han condenado y perseguido, Padre, con que si se interpone en nuestro camino, no tendremos piedad-juró el gitano que le amenazaba con el cuchillo. Estiró el brazo y bajando a la niña del animal tirándole del pelo.
La pequeña rompió a llorar tras la fuerte caída. Sin piedad, el gitano la arrastró por el suelo por la cabellera de fuego; el fulgor de las llamas se reflejaban en el pelo de la aterrada niña.
Un aullido se escuchó, parecía el de una vieja.
Un viento de una infernal fuerza se levantó, formando un remolino con tal brío que ahogó las llamas de la fogata y todo quedó a oscuras.
Así, oculto, en la negra noche el gitano no vio al negro cuervo hasta que sintió el picotazo en su mano.
Soltó el cuchillo.
Salazar lo cogió en su caída y agarró la mano de la niña, pero el gitano no la soltaba y tiró más por la cabellera mientras le asestaba un puñetazo en la cara de Salazar.
Ignorando el dolor, no puso la otra mejilla como le habían enseñado; sino que le dio una patada en la ingle. Con el cuchillo cortó el pelo de la pequeña, liberándola.
La niña salió corriendo.
No lo veía bien en la oscuridad, pero escuchó como toda la familia gitana sacaban los cuchillos.
Aquel era un buen momento para que Dios obrase uno de sus milagros.
Mientras hacía un ruego rápido mental, Salazar se montó en la yegua de un salto, le dio la vuelta y la encabritó.
El animal empezó a dar coces de diestra a siniestra, daba dentelladas y pisoteaba. En la oscuridad, los gitanos no venían de dónde venían los golpes. Los hizo volar por el aire y creer que aquel cuadrúpedo también estaba bajo el hechizo  de la niña, pues no quedó uno en pie.
Salazar intentó ver dónde estaba la pequeña, pero no la veía por ninguna parte. De repente, todo le dio vueltas y se mareó.
Algo cálido le estaba empapando las ropas por un costado.
En la oscuridad, aquella mirada agriada brilló. Tras acuchillarlo a traición, lo derribó de la montura y lo pateó con una sola pierna. Lo agarró del cuello y, cojeando, lo arrastraba hacia la orilla del río.
-Tú has venido a desgraciar a mi familia porque la bruja te llamó, condenado cura-jadeó el gitano.
Una bruja pidiendo ayuda a un futuro sacerdote.
Salazar se hubiese reído de tener fuerzas, pero se le escapaban, mezclándose con las gélidas aguas del río.
El gitano le siguió arrastrando más adentro del río y le hundió la cabeza, ahogándolo.
Mientras todo el aire le abandonaba en burbujas, el frío le atravesaba todo el cuerpo. La sombra de su agresor se movía con el vaivén del agua. Forcejeaba, pero cada vez con más debilidad mientras la vista se le nublaba.
El sueño con el que empezó la extraña noche regresó.
Se estaba muriendo.
Cuando acabase con él, iría a por la indefensa niña.
¡No permitiría tal atrocidad!
Aún llevaba el cuchillo que le arrebató. Lo había guardado entre sus ropas.
El gitano rió y soltó al cuerpo inerte que ya no le ofrecía resistencia. Pero Salazar emergió de las aguas y blandió el arma en alto.
Gritó sorprendido y esquivó el golpe por muy poco. Pero el gitano se recompuso rápido y  le sostuvo el brazo para frenar el golpe, le metió un puñetazo en el estómago que le dobló. El hombre le retorcía la muñeca para que soltara el cuchillo, pero Salazar no lo soltaba. Allí, doblado, mientras seguía recibiendo golpes, hundió en las aguas la otra mano y cogió una roca.
Se levantó con brío y con sus últimas fuerzas hundió la roca en la mejilla del gitano.
Tambaleó.
Dio unos pasos.
Cayó de rodillas en el agua.
Levantó su mano implorante al rosario que titilaba en el cuello de Salazar. Pero no lo pudo alcanzar… como no alcanzaría el cielo.
Se hundió lentamente.
La mirada avinagrada perdió su último brillo bajo el río. Su sepultura.
Para no compartir tumba con aquel infame, Salazar salió a la orilla con pasos temblorosos.
La yegua se acercó y él  montó para alejarse de allí, despacio, despacito…la herida le dolía agudamente.
Se recostó en el cuello de la hembra para dormir, por fin, esa noche.

La calidez del sol le despertó.
Amanecía apaciblemente.
Salazar se desperezó y se frotó los ojos.
¡Madre mía! ¡Se había quedado dormido en la propia yegua toda la noche! No llegó a pararse a descansar.
Miró en derredor para ver a qué altura del camino se hallaba, si faltaba mucho o poco.
Un momento… ¡estaba herido de muerte!
Salazar recordó asustado que le habían acuchillado, rebuscó entre sus ropas y se palpó el costado.
Estaba intacto.
Se dio en la frente, avergonzado. Sólo había sido una pesadilla con un cuervo y unos gitanos.
Ese mismo día, al atardecer, se ordenaba sacerdote y ya había olvidado completamente el extraño sueño, con una niña bruja de cabello encendido como el fuego.
Ignorando…
…que mientras dormía sobre la yegua, esa niña que huyó, plantó la semilla de una rosa justo cuando el corazón daba su último pálpito.
Era roja, como la sangre derramada de Salazar.
Pero la luna le siguió dando la luz y esta se fue tornando blanca. Cuando hasta el último pétalo era puro blancura, el corazón de Salazar volvió a latir.
Contenta, la niña arrancó la delicada flor blanca y se la llevó. La necesitaría en un futuro, tanto para él como para ella.

Una rosa que no marchitaría hasta el final de los días del futuro inquisidor.

Atentamente,

Elena Rojas